Descubrí Que Dios No Me Pide Éxito — Me Pide Santidad

by Cristóbal Jiménez Priego

Descubrí Que Dios No Me Pide Éxito — Me Pide Santidad

Descubrí Que Dios No Me Pide Éxito,  Me Pide Santidad

Y eso me asusta más que cualquier meta profesional que me haya puesto.

por Cristóbal Jiménez Priego

 

Nunca en mi vida había experimentado el silencio.

No hablo de estar callado. Hablo de vaciar la cabeza. De soltar los problemas, la familia, las preocupaciones, los pendientes del negocio, las cuentas, los correos, todo. Cuatro días dedicados exclusivamente a Dios. Sin teléfono. Sin agenda. Sin ruido.

Este fin de semana hice un retiro de silencio. Es algo que se recomienda hacer al menos una vez al año como miembro del Regnum Christi, el movimiento al que recientemente me uní. Y te soy honesto: no sabía si iba a poder. Yo soy de los que siempre está resolviendo algo, planeando algo, moviendo algo. Mi cabeza no se apaga.

Pero se apagó. Y cuando por fin hubo silencio, Dios habló más claro que nunca.

 

Una hermandad en Cristo

Déjame explicarte qué es el Regnum Christi y por qué decidí ser parte.

En palabras simples: es una banda de hermanos en Cristo. Un grupo de hombres que se comprometen a caminar juntos en la fe,  no de manera superficial, sino con todo lo que eso implica.

Implica rendición de cuentas. Que alguien te pregunte cómo va tu oración, tu matrimonio, tu relación con tus hijos y que le respondas con la verdad, no con la versión bonita. Implica amor genuino, del que te dice lo que necesitas escuchar aunque no sea cómodo. Implica vulnerabilidad, que para un hombre es probablemente la cosa más difícil del mundo. Implica aprendizaje constante, crecer en la fe, no quedarse con lo que aprendiste de niño. Y sobre todo, implica misión: apostolado, compromiso real, salir a servir.

Cuando conocí el Regnum Christi, entendí algo de inmediato: esto cumple con mi propósito de vida. No es un club. No es un grupo de networking católico. Es un compromiso de vivir como discípulo de Cristo con otros hombres que se toman eso en serio.

¿Y cuál es mi propósito? Te lo he dicho antes: llevar a mi esposa al cielo, guiar a mis hijas en la fe, y construir algo que sirva a mi comunidad para la gloria de Dios. Pero en este retiro, ese propósito se expandió.

 

Lo que Dios realmente me está pidiendo

Yo llegué al retiro pensando que tenía claro mi propósito. Y sí llevar a mi familia al cielo sigue siendo el centro de todo. Pero Dios me mostró algo más profundo, algo que francamente me cuesta trabajo digerir.

Me está pidiendo santidad.

Y antes de que pienses que eso suena a algo inalcanzable o reservado para sacerdotes y monjas, déjame decirte lo que entendí: la santidad es conocer a Jesús, imitarlo, amarlo, y ser consistente con ese amor. En todo. En lo personal, en lo profesional, en lo comunitario, en lo familiar. No es perfección. Es consistencia en el amor.

Eso suena hermoso en papel. Pero cuando te sientas en silencio cuatro días y le pides a Dios que te muestre la verdad, lo que sale no es bonito. Sale lo real.

 

Lo que me falta para ser santo

En ese silencio, Dios me puso un espejo enfrente. Y esto es lo que vi:

Me falta paciencia. Con mi esposa, con mis hijas, con los procesos, con los tiempos de Dios.

Me falta humildad. Todavía hay partes de mí que quieren tener la razón, que quieren ser reconocidas, que se resisten a ser corregidas.

Me falta escuchar. De verdad escuchar. No solo esperar mi turno para hablar.

Me falta quedarme callado. No todo necesita mi opinión. No toda situación necesita que yo la resuelva.

Me falta empatía. Ponerme en el lugar del otro antes de juzgar, antes de reaccionar, antes de decidir.

Pero hubo algo más que Dios me reveló, y esto fue lo más incómodo de todo.

 

Descubrí que estoy siendo tentado y muchas veces vencido por la sensualidad. Y no me refiero a lo que probablemente estás pensando. Me refiero a algo mucho más sutil y mucho más peligroso: la pereza disfrazada de comodidad.

Siempre buscando lo más cómodo. Lo que requiere menos esfuerzo. El camino más fácil. La postura más relajada. La opción que me exige menos. Y lo peor: la falta de disposición para servir a otros cuando hacerlo me cuesta algo.

¿Te suena familiar?

Porque a mí me cayó como un balde de agua fría. Yo, que hablo de servir a mi comunidad, que hablo de construir patrimonio para la gloria de Dios, que hablo de ser guía para otros descubro que en lo cotidiano, en lo pequeño, estoy eligiendo la comodidad por encima del servicio. Eso no es santidad. Eso es exactamente lo opuesto.

 

El mandamiento que lo resume todo

Si tuviera que resumir todo lo que viví en este retiro en una sola frase, sería esta — y no es mía, es de Jesús:

 

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.»

— Juan 13, 34-35 (Biblia Latinoamericana)

 

Ámense los unos a los otros como yo los he amado. No como sea más cómodo. No cuando sea conveniente. No solo con la gente que me cae bien. Como Él nos amó: con paciencia, con humildad, escuchando, callando cuando hacía falta, con empatía infinita, y sirviendo aunque le costó todo.

Eso es santidad. Eso es lo que Dios me está pidiendo. Y eso es lo que todavía me falta.

No te comparto esto porque ya lo logré. Te lo comparto porque apenas lo estoy entendiendo. Porque si tú también sientes que hay algo más que Dios te está pidiendo algo más allá del éxito, más allá del patrimonio, más allá de tener la vida resuelta probablemente tengas razón.

Probablemente Dios te esté pidiendo lo mismo que a mí: que dejes de buscar la comodidad y empieces a amar como Él ama.

 

Res mea agitur, Gloria Deo

Cristóbal Jiménez Priego

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